jueves, octubre 27

Me despierto a medias en la madrugada, el tele está prendido: El bebé de Rosemary. Me quedo viendo con los ojos entreabiertos. Cada tanto los cierro por un lapso impreciso y los vuelvo a entreabrir. La película se me mezcla con un sueño. Igual que en éste, no tengo noción exacta del tiempo transcurrido. Las situaciones y los personajes de todo el conjunto son muy vívidos, es como estar ahí, pero no me dan miedo, no exactamente. De pronto abro los ojos una vez más y advierto el amanecer en la ventana. Apago el tele. Queda el sueño nomás, sin película, y el asunto va poniéndose cada vez más insoportable. Justo antes de que suene el despertador, ahí sí, despunta el maldito, el exacto miedo.